Falsa Promesa
Hace unos años viví una historia que, si me la hubieran contado a mí desde fuera, probablemente habría visto venir el final mucho antes. Pero cuando estás dentro las cosas nunca son tan fáciles.
Recuerdo que durante mucho tiempo me convencí de que faltaba muy poco para que todo cambiara. Siempre parecía que estábamos a una conversación de distancia. A una decisión. A una semana. A un «ya está, ahora sí». Lo curioso es que nunca llegaba. Y aun así yo seguía creyendo. Porque cuando quieres a alguien te vuelves bastante creativo para justificar señales contradictorias.
Me acuerdo de una vez que estuve más de una hora eligiendo una camiseta porque iba a verla. Una hora. Como si la camiseta fuera a cambiar mi destino sentimental. Luego llegué, estuve con ella un rato y al volver a casa me di cuenta de que probablemente ni siquiera se había fijado en cuál llevaba puesta. Pero así funciona la ilusión. Te hace darle importancia a cosas que vistas años después te sacan una sonrisa.
También recuerdo mirar el móvil más veces de las que estoy dispuesto a reconocer públicamente. De esas veces que dices: «voy a dejar de mirar». Y exactamente treinta segundos después vuelves a comprobar si ha contestado.
Lo peor no era esperar un mensaje. Lo peor era la sensación de vivir siempre pendiente de algo que parecía estar a punto de ocurrir. Como cuando alguien te dice: «dame un poco más de tiempo». Y tú te lo crees. Y pasa una semana. Y luego un mes. Y luego otro. Y siempre parece que la solución está a la vuelta de la esquina.
De ahí nace «Falsa Promesa». De esa sala de espera emocional en la que tantas personas han vivido sin darse cuenta.
Con los años entendí algo importante. Las personas que realmente quieren construir algo contigo suelen hacerlo bastante más sencillo. No perfecto. No fácil. Pero sí claro. No te hacen vivir en una sala de espera emocional. No te tienen constantemente preguntándote qué lugar ocupas. No te obligan a interpretar cada mensaje como si fueras un detective.
Y creo que esa fue una de las lecciones más valiosas que me dejó aquella historia. Entender que una promesa no tiene valor por lo bonita que suena. Tiene valor cuando alguien la convierte en realidad.
Hoy no guardo rencor. Ni siquiera cambiaría lo que viví. Porque de alguna manera aquella historia me ayudó a entender mejor lo que merezco y lo que no. Y también me enseñó algo que ojalá hubiera aprendido antes: cuando alguien te quiere de verdad, no suele dejarte permanentemente en duda.
Si alguna vez te encontraste esperando una llamada, una decisión o una promesa que nunca terminaba de llegar, me encantaría leerte. Déjamelo en los comentarios. Seguro que más de uno sonríe al recordar alguna historia parecida.
A veces no perdemos a la persona. Lo que terminamos perdiendo es la esperanza de que algún día cumpla lo que prometió.
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